El presente cuento fue presentado, por mi parte, al concurso nacional de cuento de los III juegos florales de la Universidad Nacional de Trujillo. No obtuve victoria alguna, pero quería mantener aquí este primer intento de inicio de mi obra de ficción.
Infalible
Los días del pasado invierno habían sido para mí atormentantes.
Cada mañana de aquel lapso despertaba con la piel tiritando y doliente por el
frío, pero, sobre todo, aún perturbado por la imagen omnipresente de aquella
máquina juzgadora en mi mente, bebiendo de la culpa que sentía. No sabía ni lo
que era, aunque lo llamaba máquina pues la forma que tenía de comunicarse
conmigo no era definitivamente humana, a la vez que me recordaba tanto a una
retorcida inteligencia artificial.
Empezó en los últimos días de otoño. Los primeros sueños no fueron
incómodos. Nuestras interacciones se limitaban a preguntas y respuestas vagas,
e incluso a veces me gustaba inmiscuirme en conversaciones filosóficas. Mi
primera hipótesis surgió desde la autorreflexión. Consideré que había estado
prestando demasiada atención a mi trabajo de bioquímico, produciendo una
soledad que animaba a mi cerebro a crear amigos imaginarios con los cuales
tener conversaciones de mi interés. Estas conversaciones eran, además,
fructíferas para olvidar el dolor que todos los errores que cometí me
producían. Mi psicólogo estaba de acuerdo.
Todo empezó a torcerse cuando la máquina comenzó a cobrar más
«autonomía». No recuerdo cuándo fue que sucedió exactamente, quizá alguno de
los primeros días de julio. De un día para otro, el aparato concluía sobre
ideas que jamás habría pensado, y contaba hechos que jamás había conocido. Para
mí, habría sido racional aun pensar que todo era producto de mi imaginaria
cabeza, salvo porque los hechos que me decía, al verificarlos luego, siempre
resultaban ser verdad.
Empezaba a aterrarme más de lo que jamás había dejado antes a un
sueño hacerlo. No encontré otra forma más de despejar mi mente que prestar aún
más atención a mi trabajo. Me estaba costando adaptarme a volver a ser
profesor, y pensé en focalizarme en tal empresa. En los momentos de descanso,
sin embargo, era imposible para mí no pensar en el tormento. Con lápiz y papel
en mano, solía tratar de descifrar su indescifrable forma, sin éxito.
Creí equivocadamente que las vacaciones del mismo mes de julio me
darían un respiro. Durante aquellos días, la máquina fijó sus palabras en una,
y no más que una orden: «sube al noroeste». Cada día lo decía más
imperativamente. Había empezado a atormentarme con mis pecados, y con la orden
insinuaba que yo los absolvería al cumplirla. Las noches se tornaron en un
completo infierno. Algunas de ellas ni siquiera dormía para evitarlo. No sabía
lo que su orden significaba, y no me importaba saberlo. Creía que los cargos de
conciencia estaban haciendo que perdiera la cabeza, y que seguir aquella orden
sería renunciar a mi cordura. Traté de continuar con un curso normal de mi
vida.
El primer viernes de las vacaciones salí de compras. Regresaba con
bolsas llenas, cruzando por la primera avenida, cuando conocí lo que podría
significar la orden de la máquina. En aquella altura había una estación para el
ya viejo tren de la costa. Un número importante de gente que viajaba hacia
Dolypso, al norte, había subido allí. Mis ojos, cansados por el insomnio,
siguieron al tren cuando partió hacia el norte. Me fue imposible no volver mi
mirada levemente hacia la izquierda, notando allí a un solitario cerro Campana.
«Supongo que tiene sentido», pensé. Si me dirigía hacia el noroeste, me dirigía
hacia una elevación geográfica, por lo que subiría en dirección a la cima. No
tenía, sin embargo, ni la más mínima intención de acercarme a ese lugar.
Pronto mis pensamientos fueron interrumpidos por un grupo de
jóvenes. Me habían reconocido. Sus brazaletes blancos en los brazos me
anunciaron que se acercaban con buenas intenciones. Para ellos era como un
héroe, y odiaba sentirme así. «Usted nos ha otorgado la felicidad», dijeron. El
desasosiego invadió mi mente. Después de unos segundos de silencio, solo me
limité a agradecer fríamente y me retiré pronto. Cuando llegué a casa me
invadió un profundo sentimiento de autodesprecio. Aquellos jóvenes de
brazaletes blancos eran solamente una pequeñísima fracción de todos los hombres
que durante aquellos tiempos militaban por un «mundo feliz». Se trataba de una
utopía, sostenida en la universalización del más poderoso opioide que se haya
hecho jamás, sin ningún tipo de efecto negativo en su consumo, más que una profunda
dependencia. Mi culpa recaía en que yo mismo fui el que dirigí el proyecto que
logró su creación.
Para el 2104, año en el que nos encontrábamos, habíamos tenido ya
el suficiente desarrollo y sofisticación para crear algo así. Durante cinco
años me había encargado de dirigir el proyecto, reclutado por el propio interés
del gobierno, y convencido por el dinero que me ganaría. De pronto se crearon
pasionales bandos en la sociedad en torno al debate. Se pusieron brazaletes
para identificarse, y luchar entre todo aquel que no defienda su postura. Cada
uno, imaginando que la suya era la única razón válida. La sociedad se caía, y
yo tenía gran parte de la culpa.
En la noche de aquel mismo viernes lo encontré más violento que
nunca. «Ahora que lo sabes, ¿qué estás esperando?», decía. Aparecieron después
las figuras de aquellos jóvenes, totalmente colmados del éxtasis que les
producía la droga. La «felicidad» para ellos era ilimitada, y probablemente lo
sería para todo aquel que tenga acceso a ella, pero nada podía convencerme de
no ver aquello como algo absolutamente aterrador, y él lo sabía. «Sube al
noroeste», repitió fervientemente. Desperté en medio del infierno, a la
medianoche, y no volví a dormir.
Para el domingo de aquella misma semana, había pasado dos días sin
dormir ni una sola hora. Me encontré toda la mañana acostado en cama, mirando
hacia mis estantes de libros y acompañando mi soledad con el humo del tabaco.
«¿Por qué yo?», me autoflagelaba. No era el único responsable del destino
oscuro del mundo, pero parecía que solo a mí tal destino oscuro me cobraba las
cuentas de la culpa. Todas las cartas que había enviado, tratando de avisar
sobre el desastre, fueron ignoradas. «¿Por qué esta máquina extraña no se ha
presentado en la mente de los hombres horribles que hoy viven en los palacios
gubernamentales?», pensé.
Un golpe violento sonó en mi puerta. Al acercarme furtivamente a
la ventana para observar quién lo produjo, alcancé a ver a un grupo de hombres.
Llevaban brazaletes negros en los brazos. Un miedo auténtico apareció en mi
mente. Era consciente de que, en su raciocinio, ellos seguían creyendo que yo
estaba del lado contrario. Demostraban continuamente que no les agradaba, pero
jamás habían hecho algo como venir personalmente a casa. La voz del noticiero
de mi televisor, que había mantenido encendido, resonó en mis oídos: una
revuelta se había iniciado en la ciudad.
Mi percepción inicial de mantenerme seguro en casa fue
interrumpida cuando empezaron a golpear más duramente a mi puerta, con el
propósito claro de derribarla. Fue ahí cuando comprendí que los que golpeaban
mi puerta, no eran más que todos mis errores, que habían venido a cobrar
factura. Tenía que escapar de allí. Llevé conmigo todo el dinero que tenía en
casa y corrí hacia mi patio trasero, de donde podía salir con mi camioneta. Afortunadamente,
no habían invadido aquel lugar. En la desesperación, evalué el hecho de que
podría conversar con ellos, mostrándoles que no creía algo tan diferente al de
estos mismos. Pronto me di cuenta de que sería imposible, pues, en realidad, no
sabía qué era en lo que yo creía. Únicamente subí al carro, y lo encendí.
«¿A dónde voy?», pensé efímeramente antes de iniciar a conducir
sin un objetivo. Salí por la puerta trasera, y, una vez en pista, evité a toda
costa dirigirme a la primera avenida, pues estaba seguro de que al hacerlo sería
preso de un gran embotellamiento. En el camino, era testigo de todos los
disturbios. Se notaban incendios y gritos, afortunadamente, en la lejanía. «Mi
hermana», recordé. A pesar de no haberla visto desde hace tres años, su casa,
en el valle del norte, era el único lugar al que yo podría ir.
Conduje durante quince minutos. La fatiga provocaba que no
prestara atención al camino que estaba siguiendo. Un frío y enorme desierto me
rodeó. En un momento, el cansancio invadió la totalidad de mi cuerpo, como si
de pronto me hubiera apagado. Disminuí mi velocidad y, en cierto punto, paré
completamente. Fue ahí que salí de mi camioneta, y, tratando de tener un mínimo
descanso, tomé asiento en una roca cercana.
Mis pensamientos volvieron en la soledad. «¿Por qué yo?», me
repetí. Me sentía acabado, con fatiga, hambre, y aún más, con el frío del
desierto. El cielo era completamente gris, no pudiéndose ver ni un solo atisbo
del azul atmosférico. La niebla había invadido también mi cabeza, que se
mantenía baja. Tenía que continuar con el camino, pero había algo, que en aquel
momento interpreté como el cansancio, que me impedía hacerlo.
En algún punto de mi descanso, alcé mi mirada. Lo había visto de
reojo en el camino, pero no había procesado el hecho de que justo al frente mío
se alzaba el cerro Campana. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. «Mierda…», dije
en la locura, «…esa maquiavélica máquina me ha traído aquí». Pese a toda la
nubosidad de mi mente, aún seguía convencido de que allí arriba no encontraría
nada, pero ya no tenía nada que perder. Muy dentro mío, en la desesperación, nació
una esperanza de encontrar paz al fin, después de todo el tiempo de buscarla.
Era el único allí, en una inmensa soledad desértica. A mis
pensamientos, incluso sin haberlo visto durante dos noches, llegó su forma, en
completa definición. Mi ego era lo único intacto de mi mente, y no quería
rendirme, pero lo hice finalmente.
Subir a aquel cerro no fue ciertamente difícil. El sendero que
llevaba a la cima era borroso, pero lo suficientemente claro para guiarme.
Recuerdo que el frío que sentía en mis tobillos desapareció a medida que subía.
Casi a la mitad del camino, el gris del cielo empezó a dar paso a pequeños
retazos celestes, por los cuales pasaban haces de luz que chocaban en la
superficie árida. El mar también podía verse desde allí, y desde él surgía el
frío, que llegaba a mi piel en forma de viento. Pero poco a poco la calidez de
la luz empezaba a ganar al frío marino. Cuando me quise dar cuenta, el cielo
estaba prácticamente despejado. El sol tuvo todo el espacio para irradiar sobre
mí, pero su calidez seguía siendo amable debido a la mitigación del viento, que
en aquel momento se sentía ya como una gentil brisa. Un paso antes de llegar a
la cima, mi mente se vació. Parecía que todos los problemas que me afligían
habían desaparecido. No creía en nada, pero jamás me había sentido tan seguro
como en aquel momento.
Al cumplir mi objetivo, pude constatar que, efectivamente, no
había nada allí. Mi respiración estaba acelerada, así que me senté, una vez
más, en una roca. Esta vez, sin embargo, mi cabeza se mantenía hacia el frente.
Esto mismo me permitió ver el horizonte: la cordillera, la ciudad y el mar. La
ansiedad y la fatiga habían desaparecido. Ni siquiera el hecho de no haber
dormido en tanto tiempo me impidió contemplar el panorama. «Si aquella máquina
quería mostrarme algo, solo demostró que tenía razón», me dije a mí mismo.
Pero, ¿qué era lo que yo realmente pensaba?, me pregunté una vez más. Di un
respiro profundo. «En lo único en lo que tengo razón, es en dudar de mi propia
razón», me respondí. Tal vez, pensé, esa sería la clave. Varios minutos de
reflexión después, estaba anhelando que, al igual que yo, todos pudieran estar
conscientes de ello. Ahora puedo ver, de hecho, que nunca antes había anhelado
algo tanto, como en aquel momento.